"¡Testimoniad la fe a través del mundo digital! ¡Emplead esas nuevas tecnologías para dar a conocer el Evangelio de modo que la Buena Nueva del amor infinito de Dios por todos resuene de maneras diferentes en nuestro mundo cada vez más tecnológico!".
Benedicto XVI

martes, 14 de octubre de 2008

El uso de la guitarra dentro de la Misa y también sobre los aplausos

He encontrado éste pequeño texto sobre el uso de éste instrumento y sobre los aplausos en la liturgia, lo encontré en grupo de yahoo llamado "cfsanbernardo" y quería compartirlo con ustedes pues me pareció muy importante abordar éste tema tan polémico.


Para entrar en el tema del uso de los instrumentos en la liturgia, y en particular de la guitarra, no estaría de más recordar, como enseña el Card. Ratzinger, que «la liturgia cristiana se define por su relación con el Logos» (seguimos libremente, J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, ed. Cristiandad, Madrid 2001, 171-179). Esto, en un triple sentido:

1. En la música litúrgica, basada en la fe bíblica, hay una «clara primacía de la palabra». De aquí se sigue «el predominio del canto sobre la música instrumental (que de ningún modo ha de ser excluida)».
2. El canto logra superar las palabras, que muchas veces no alcanzan para expresar la inefabilidad del misterio, pero no supera la Palabra (el Logos), por lo que se hace necesaria la música. Ahora bien, «la liturgia cristiana no está abierta a cualquier tipo de música». Una música que «arrastra al hombre a la ebriedad de los sentidos, pisotea la racionalidad y somete el espíritu a los sentidos», no eleva al hombre. Por eso la música litúrgica debe ser tal que, superando la sensualidad, eleve el corazón (sursum corda, “levantemos el corazón”).
3. «La música humana es tanto más bella cuanto más se adapte a las leyes musicales del universo». La liturgia debe ser cósmica, es decir, abierta al canto de los ángeles «que rodean a Dios e iluminan el universo». «Nosotros, al celebrar la Santa Misa, nos incorporamos a esta liturgia que siempre nos precede. Nuestro canto es participación del canto y la oración de la gran liturgia que abarca toda la creación». Por tanto, en la liturgia, los cantos deberían ser tales que se puedan cantar en presencia de los ángeles. Los instrumentos son el coro de las criaturas que acompañan la voz del hombre en la alabanza divina.

Pues bien, sobre estos principios, reformulamos la pregunta: ¿puede utilizarse la guitarra en la liturgia? Creemos que no puede excluirse de plano, sino que su aceptación dependerá del tipo de música que se sirva de ella, y de su modo de ejecución.

En la música litúrgica judía, se utilizaban instrumentos de cuerda para «acompañar» (y subrayamos este verbo, «acompañar») el canto de los salmos. De hecho, «psalterio», viene del griego, «psallein» (traducción del hebreo «zamir», que significa «pulsar» (una cuerda) o «puntear», y salmodiar es cantar con acompañamiento de una cítara o un arpa, o un instrumento afín. De aquí se puede colegir la exclusión de la guitarra «rasgueada», que privilegia el ritmo, y se pone sobre la palabra y al nivel de los sentidos. En efecto, la guitarra así tocada, resuena en el corazón, pero no lo eleva.

Los Papas siempre se han preocupado de corregir los abusos en materia de música litúrgica, sobre todo para que la liturgia no se confunda con una teatralización de tipo operístico. Así, por ejemplo, Benedicto XIV, en la Encíclica Annus Qui, de 1749, delimitó el uso de los instrumentos musicales, admitiendo: «...el órgano, también violones, violoncelos, fagotes, violas y violines» y excluyendo «los timbales, los coros de caza, las trompetas, los oboes, las flautas, los flautines, los salterios modernos, las mandolinas e instrumentos similares, que sólo sirven para hacer la música más teatral». Aquí se circunscriben las guitarras. Sin embargo, la preocupación estaba dirigida no tanto a ciertos instrumentos sino a aquellos que representaban este tipo de música. «De forma semejante, Pío X intentó, entonces, alejar la música operística de la liturgia, declarando el canto gregoriano y la gran polifonía de la época de la renovación católica (con Palestrina como figura simbólica destacada) como criterio de la música litúrgica. Así, la música litúrgica se ha de distinguir claramente de la música religiosa en general...» (J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia..., 169).

Si tenemos en cuenta el uso actual de la guitarra, esto es, para el folclore o canto popular, el canto melódico, incluso, el rock (con la guitarra eléctrica), no parece que sea un instrumento adecuado para la liturgia, pero si se toca con arte y punteando, de manera que sirva de acompañamiento, creemos que podría usarse, como pueden usarse la cítara y el arpa. El problema, de todos modos, estaría en ¿para qué tipo de música que sea apta para la liturgia, puede ser utilizada la guitarra como instrumento de acompañamiento? ¿Y a qué textos velará con su sonido?

Tal vez su uso litúrgico, pues, se vea reducido al acompañamiento de los salmos en la liturgia de las horas, a modo de cítara o arpa. Esto no obsta a que se use este hermoso instrumento para otro tipo de cantos religiosos, pero extra-litúrgicos, así como por ejemplo, en algún tipo de reuniones y jornadas.

La Constitución sobre la Liturgia, Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II, establece: «Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales.

En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, a tenor del artículo 22, Par. 2, 37 y 40, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (n. 120).

En cuanto a los aplausos en la liturgia, digamos, ante todo, que se oponen al decoro y la belleza propios de la liturgia. Se trata del culto de la Esposa de Cristo, en el que deben resplandecer el orden, la mesura, y las manifestaciones contenidas.

Hay manifestaciones artísticas que se introducen en la liturgia para hacerla más atractiva, como por ejemplo la inclusión de una danza antes del Evangelio, que generalmente terminan en aplausos espontáneos por parte de los fieles, «lo cual está justificado, -dice el Card. Ratzinger, si se tiene en cuenta, propiamente hablando, su talento artístico». Pero, -concluye el actual Pontífice-, «cuando se aplaude por la obra humana dentro de la liturgia, nos encontramos ante un signo claro de que se ha perdido totalmente la esencia de la liturgia...» (El espíritu de la liturgia. Una introducción, ed. Cristiandad, Madrid 2001, 223).

Cuando se aplaude, ¿a quién se aplaude? Si se aplaude a una persona por un discurso, o porque ha hecho sus votos religiosos, o se ha casado, o porque ha cantado muy bien, etc, estamos ante una desnaturalización de la liturgia, que es el culto que se tributa a Dios y no al hombre, aunque sea porque se quiera alabar en el hombre, las “maravillas” de Dios.

Por el contrario, si es a Dios a quien se aplaude, entonces hay que decir que la liturgia tiene sus modos de alabar a Dios y de expresar el júbilo, y es mediante las aclamaciones, esto es, el canto del Aleluya, del Amen, del Deo gratias, etc. Los aplausos están muy ligados al uso profano. Pongamos un ejemplo. Así como en la liturgia hay modos propios de saludar y no cabe un cotidiano y vulgar “¡Buenos días!”, sino un bíblico (aunque no menos sencillo), “¡El Señor esté con vosotros!”, acompañado de un extender y juntar los brazos por parte del que saluda (como un modo estilizado y litúrgico del abrazo humano), así tampoco caben los aplausos en señal de aprobación o confirmación, o bien como expresión de júbilo, pues estos sentimientos del alma tienen su modo estilizado en las aclamaciones.

lunes, 6 de octubre de 2008

Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) 2008


Como muchos sabemos, la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el cual es el evento juvenil más grande en el mundo, fue celebrada en Sidney, Australia del martes 15 al domingo 20 de Julio de 2008 y fue presidida por el santo padre Benedicto XVI, el cual se dirigió a miles de jóvenes en sus diferentes intervenciones, de hecho existen diversas páginas en donde pueden encontrar los textos que el papa nos dirijió (porque también se dirijió a nosotros, es decir a los que no pudimos ir) y que en muchas ocasiones nos alentaba a ser valientes, a no tener miedo en anunciar al Señor Jesús en nuestra vida diaria entre otros muchos mensajes de aliento y esperanza. Acá les dejo con algunas páginas en donde pueden encontrar éstos textos:

- Página oficial
http://www.wyd2008.org

- Especial en ACI Prensa
http://www.aciprensa.com/jornadas/jmj2008/

- Programa,noticias y mensajes en la página del Vaticano
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/travels/2008/index_australia_sp.htm


Por otro lado quiero comentarles, y es que también es parte de mi papel en el blog, que después de éste grandioso evento, algunos de los organizadores hicieron una red social para aquellos que participaron y también para el público en general, que busca tener un espacio en Internet donde puedan compartir todas la experiencias vividas con el Santo Padre en la Jornada Mundial de la Juventud. Ésta página es:

- Official WYD Social Network
http://www.xt3.com

Espero que puedan registrarse y puedan compartir ésta experiencia con los jóvenes católicos que fueron a encontrarse con el papa Benedicto XVI y con aquella Iglesia jóven reflejada en la alegría de los asistentes.

El misterio de los santos ángeles y nuestra vida terrestre



En nuestra visión del mundo, muchos han olvidado a los santos ángeles. ¿Pensamos que nos aman en Dios como “prójimos” y que tenemos el deber de amarlos como tales? ¿Sabemos también que podemos unirnos a su visión de Dios? ¿Nos aliamos con ellos en el secreto de la Nueva y eterna Alianza en la sangre de Cristo?

Recordemos, primeramente, con el cardenal Journet, uno de los grandes teólogos de los tiempos modernos, que “los ángeles no se revelan sino a los que los aman y los invocan”.

Los ángeles son dignos de ser amados en su amante naturaleza voluntaria y en su elevación sobrenatural. Jesús nos habla de los “santos ángeles” (Mt XXV, 31). Son santos porque cumplen perfectamente su deber de alabar a Dios y de amarnos por amor a Cristo, su Creador y el nuestro. Para ellos no somos extraños, sino miembros de la familia de Dios. Encomendados a su ministerio salvífico, nosotros debemos heredar con ellos la salvación eterna (cf. Hb 1, 14). Tienen por nosotros un amor no sólo natural, sino además sobrenatural, porque contemplan en nosotros imágenes de Dios, destinados a ver, con ellos, a Dios cara a cara (cf. Mt., XVIII. 10).

Nos aman, también, en tanto que estamos agrupados en la naciones que protegen en su pluralidad hasta la proclamación del evangelio. El orden cósmico, (especialmente las especies animales cercanas al hombre) se benefician con su intercesión. Catecismo de la Iglesia católica 57). Los ángeles dominan la historia. Bajo la providencia de Dios creador y señor gobiernan el mundo (Daniel X, 13-21), es decir lo orientan hacia su fin, Cristo Jesús. Su oración obtiene la creación de los hombres. Son los ángeles de Cristo (Mt. MT., XIII, 41).

Nuestro deber de amarlos recíprocamente en Él se manifiesta cuando les invocamos a favor de los hombres que no conocen, todavía, a su salvador crucificado. Son nuestros prójimos más cercanos.

Cristo, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (331), es el centro del mundo angélico, lo mismo que del mundo humano. Los ángeles están a todo lo largo de la historia de salvación y de nuestras vidas. Nos anuncian la Buena Nueva, la Encarnación y la Resurrección del hijo del hombre. Nos anuncian el juicio (Mt. XIII, 42-50) y nos preparan para él (Mt XXIV, 31-36).

Por tanto, no es sorprendente que la Iglesia haya aprobado, el 31 de mayo 2000 una “consagración de los santos ángeles”, confiada al Opus angelorum. Es un don de sí a personas definitivamente santas. Un don de sí encarnado en la gracia del bautismo.

La comunión con los ángeles culmina en la celebración de la liturgia. La Iglesia se junta a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo, Ella venera a los santos ángeles con un afecto particular. Solicita el auxilio de su intercesión, particularmente para pedir la paz entre los hombres.

Los santos y los hombres pecadores pertenecen, conjuntamente, a la única Iglesia. La comunión de la Iglesia la Iglesia engloba a los santos ángeles. Consagrándonos a ellos, queremos honrarlos y darles las gracias. Nos aliamos con ellos contra Satán y por la mayor gloria de Dios.

Los ángeles participan, dice santo Tomás de Aquino, en todo lo que es bueno para nosotros. Dios ha querido la diversidad de sus creaturas y su bondad propia, su interdependencia y su orden (Catecismo de la Iglesia católica, 350 y 353). Nuestra consagración a los ángeles significará nuestra consciencia de depender de ellos. Los ángeles, los santos ángeles no se revelan sino a los que los aman y los invocan. Es el caso de la Iglesia universal en sus liturgias.


Escrito por Bertrand de Margerie S.J.
Revista de escritores católicos (Francia)
Enero de 2003
Traducido del francés por José Gálvez Krüger
Colaborador de Cooperatores Veritatis
Fuente: ACI Prensa

Conociendo mejor el Purgatorio


El Espíritu anterior de las delicias reservadas a las almas del Purgatorio.

Leemos en los Anales de la Esperanza, publicados bajo la dirección del P. Blot: A los que practican el culto a los muertos, hay que enseñarles que el divino Paráclito o el consolador de la Iglesia militante, es también el consolador de la Iglesia sufriente. Los consuela, dice, a los que han pasado a las llamas expiatorias mediante la esperanza y la caridad que llevan en su alma; los consuela con la asistencia de sus Ángeles Guardianes, que les enseñan que la Iglesia militante ofrece a la justicia, para atemperar o acortar sus penas. Santa Catalina no teme decir que el alma justa termina de purificarse en en su prisión temporal a través “del incendio del amor divino más que por los ardores de un brasero material”. Dios atrae siempre y abrasa con el fuego de su amor al alma hasta haberla restablecido a su primera pureza. Y como no puede seguir esta atracción de Dios, cuya mínima demora le es le es tan penosa, como su ardiente deseo de ir hacia Él se encuentra impedido, siente entonces una pena que es propiamente la pena del Purgatorio. Está abrasada de tal manera del deseo de poseer a Dios y de ser transformada en Él, que es éste su principal Purgatorio. Pero este amor, que procede de Dios de Dios y que resurge tan fuertemente en esta alma, le causa un placer inconcebible, y es ésta última palabra y las líneas que la preceden lo que parece justificar el subtítulo de este libro: “Las delicias en los sufrimientos”; pero a lo largo de estas páginas no dejaremos de dejar bien establecido todo lo que hay de terrible en esas llamas devoradoras. Las llamas de la tierra son menos que una chispa, en comparación de este brasero de intensidad inimaginable.

Si hace falta presentar una autoridad mayor, tomaremos del pensamiento san Francisco de sales, el más dulce de los doctores, el verdadero sentimiento que debemos tener en nuestras meditaciones acerca del Purgatorio. Decía en sus escritos que nuestro pensamiento del Purgatorio debía ser mas consolador que aprehensivo. Se lamenta de que los que presentan al Purgatorio no hacen sino cargar las tintas en la descripción que las almas padecen, sin hablar del perfecto amor de Dios y de su unión a la divina voluntad , unión tan fuerte y tan invariable que no está en su poder e menor movimiento de impaciencia o de pena, ni querer otra cosa que aquello que le place a Dios, que experimentan. Los tormentos, es cierto, son tan grandes que los dolores más extremos de esta vida no pueden comparárseles; pero también las satisfacciones interiores son tales que no hay prosperidad ni contentamiento sobre la tierra que los pueda igualar, de tal suerte que bien sopesado todo, el estado de las almas en Purgatorio es más deseable que detestable, y la palabra del santo Doctor justifica la elección de nuestra divisa, como encabezado de este opúsculo: después de las dichas del cielo no hay mayores que las del Purgatorio. Santa Catalina dice que en el cielo hay más dicha.

El apóstol san Pablo en su admirable epístola a los Gálatas (V, 22 y 23) nos describe los frutos inefable del Espíritu Santo. La enumeración es de las más consoladoras; la primera es la caridad la segunda el gozo, la tercera la paz; ahora bien, ya en la tierra del exilio y valle de lágrimas el Espíritu santo procura a las almas estos tres primeros frutos, ¿cómo suponer que los retira a las almas sufrientes en el valle de la expiación después de la muerte?. La caridad es ya, aquí abajo, la fuente y el origen de otros frutos enumerados por el gran apóstol; la dicha del alma cristiana proviene de una conciencia pura y serena, despojada de las turbaciones del espíritu; la paz es el estado habitual del alma que vive en gracia de Dios; ahora bien, estos hermosos frutos del Espíritu santo no hacen sino aumentar en el alma liberada de la prisión de su cuerpo que ha recibido el perdón entero de sus faltas y que no le queda sino sufrir la pena debida a sus pecados borrados y perdonados.

A estos tres primeros frutos, san Pablo agrega otros cuatro que encontramos en las almas del Purgatorio: la paciencia, la benignidad, la bondad y la longanimidad; sí, la paciencia, porque el alma sufre con coraje y constancia las penas que sabe que ha merecido; la benignidad, benignitas, es la condescendencia afectuosa con los sufrimientos que sufre; la bondad: el alma, que está hecha a imagen de Dios no puede perder después de esta vida este rasgo de semejanza con un Dios Bueno. Finalmente, la longanimidad; sobre todo si sus sufrimientos deben ser prolongados, el alma tiene necesidad, más que nunca, de este fruto bendito del Espíritu Santo. Los cinco últimos frutos del Espíritu, son la mansedumbre, la fe, la modestia, la continencia y la castidad. La mansedumbre que forma un singular contraste con la rabia y la desesperación de los desgraciados condenados por la calma del dolor en lugar de las blasfemias vomitadas por el infierno. La fe, es decir la confianza inalterable en las promesas divinas de una felicidad inexpresable después de la expiación. La modestia sobre el rostro es la expresión de la belleza interior y del apaciguamiento de todo tumulto del alma. El alma que sufre es aún más bella que en estado de gracia de la que hablaba el cura de Ars. Si nos fuese dado verla, decía, la encontraríamos tan bella que estaríamos tentados de tomarla por una divinidad y de prosternarnos para adorarla. Finalmente la continencia y la castidad, esos hermosos frutos espirituales sobre la tierra, nos ponen a resguardo de las luchas intestinas y de los asaltos del demonio impuro. El alma ya no tiene que temer en lo absoluto, a este respecto, en los suplicios del Purgatorio. ¿No está permitido concluir que esos frutos del Espíritu Santo, bastante más abundantes en el Purgatorio que en la tierra, deben producir y hacer experimentar a esas castas esposas bien amadas y sufrientes algo de suave y de delicioso que no podemos expresar, porque no nos ha sido dado todavía, debido a nuestras imperfecciones espirituales, sentir una suerte de degustación anticipada en el fondo de nosotros mismos?

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1 Esprit de saint François de Sales, por Mons. Camus, Iª edición, 1641, volumen 6º, 16ª parte, 18ª sección

Escrito por Abate J. Cellier, Cura de Mirville
Traducido del francés por José Gálvez Krüger
Colaborador de Cooperatores Veritatis
Fuente: ACI Prensa

martes, 1 de julio de 2008

¿Filosofía o Ideología?

«Ideología es toda concepción que ofrezca una visión de los distintos aspectos de la vida, desde el ángulo de un grupo determinado de la sociedad. La ideología manifiesta las aspiraciones de ese grupo, llama a cierta solidaridad y combatividad y funda su legitimación en valores específicos. Toda ideología es parcial, ya que ningún grupo particular puede pretender identificar sus aspiraciones con las de la sociedad global» [1]. Las ideologías tienen la tendencia de absolutizar los intereses que defienden, transformándose en auténticas “religiones laicas”. Se presentan como «una explicación última y suficiente de todo y se construye así, un nuevo ídolo, del cual se acepta a veces, sin darse cuenta, el carácter totalitario y obligatorio» [2]. Las ideologías son fenómenos vitales con gran fuerza que logran impregnar con su carga de mensaje las realidades de aquellas personas que entran en contacto con éstas [3].

Ideología es una forma de filosofía social o política en que los elementos prácticos son tan prominentes como los teóricos; se trata de un sistema de ideas que aspira a explicar la totalidad del mundo y, en algunos casos, cambiarlo radicalmente, pues se encuentra imbuida en un “circuito cerrado”. El término “ideologie” surge en Francia en el siglo XVIII y es introducido por Destutt de Tracy quien afirmaba que la ciencia es el único camino de encontrar la verdad y proveer bienestar a la persona, pensamiento muy acorde con la mentalidad ilustrada de la época (Francis Bacon había sentado el antecedente el siglo anterior proponiendo a la ciencia como explicación de toda la realidad). La ideología por sus características intrínsecas reclama totalidad, necesita explicarlo todo. Muchas veces convertida en un proyecto de cambio al cargarse de fuerza social, se vuelve totalizante y exige totalitarismo, expresión política de su propia estructura. Necesitando un campo de acción tan amplio, las ideologías consumen la libertad del hombre, arrogándosela a sí misma, y, evidentemente, esto redunda en un proceso de secularización, al marginar todos aquellos elementos que no corresponden a ellas, el primero de los cuales es la fe, atacando directamente los valores espirituales de la sociedad.

Hasta este punto, he descrito muy sucintamente qué es y qué implica la ideología. Desarrollaré ahora los puntos principales que permitirán contrastar la realidad de una ideología con la de la filosofía. En primer lugar, la ideología es siempre parcial y tiende a absolutizar los “intereses que defiende”; por otro lado, ésta se presenta como explicación última y suficiente de todo, haciéndose totalitaria y obligatoria; y además, al ser totalizante, invade la libertad del hombre, mermando su dimensión espiritual (luego explicaré de manera más detenida este proceso). Hay un cuarto punto que es la proyección social que tienen las ideologías, que no desarrollaré, pero esta última es fruto de intereses de grupos determinados, mientras que la auténtica filosofía sólo sirve a la verdad. Y es precisamente este punto el eje transversal donde la filosofía puede dejar de serlo para convertirse en ideología: la filosofía no propone una parte de la verdad como “la Verdad”, sino que la busca con sinceridad e independencia.

Las ideologías defienden intereses y están cerradas sobre sí mismas, de modo que no puedan ser penetradas por ninguna influencia externa que pueda alterar sus conclusiones, muchas de las cuales son distorsionadas para que encajen en la ecuación. Hay dos problemas fundamentales aquí: el defender intereses creados, incluso en desmedro de la verdad, y, por otro lado, el absolutizar estas “seudo-verdades”, dándoles un carácter de inviolabilidad que ciertamente conduce a la incapacidad de salir del error cuando éste acontece. La filosofía es la ciencia que nos enseña a conocer con certeza, es decir, que se pueda decir por qué la cosa es lo que decimos que es. Se trata de conocer por las causas primeras o razones más elevadas, buscando los principios supremos que conciernen al orden natural. Lo que se busca conocer es todo lo que existe, y enriquecer así la inteligencia. Evidentemente no puede conocerse todo en todas sus causas, sino que en algunos principios (causas primeras) se encierra la naturaleza entera [4].

Las diferentes ideologías también suelen presentarse a sí mismas como la única explicación, “última y suficiente” de toda la realidad. Proponiéndose en esas condiciones, (de verdad exclusiva y total), la única opción es creer y seguir, “adherirse” a la ideología y a cada uno de sus preceptos, dado que, en principio, no habría otra posibilidad plausible. En cambio, la filosofía se reconoce como una ciencia que no puede conocer sino soluciones probables en bastantes puntos particulares. Este elemento “probable” es accidental a la ciencia como tal, sin embargo, el porqué más remoto, fundado en las causas primeras, aquello sobre lo que la razón no puede ir más allá, sobre eso precisamente versa la filosofía. Apoyándose en los hechos más simples y evidentes, parte de la experiencia cercana y desde allí se eleva a las causas y razones primeras [5]. Así, la filosofía no es totalitaria por su propia lógica interna y cerrada, sino por su objeto material (todos los seres) y por su objeto formal (las causas primeras). Y la filosofía tampoco se constituye a sí misma como obligatoria por presumir que posee conocimiento y explicaciones para cada cosa o por la autoridad misma de los principios que propugna (las ideologías establecen un circuito cerrado en el que la última verdad es, en realidad, que esta ideología se proponga como tal), sino porque se apoya en la evidencia que le procura la inteligencia. Sería largo tratar aquí la evidencia que la historia aporta para entender cómo, por un problema de método (entre algunos otros), la filosofía algunas veces ha caído en ideología [6]. Incluso, este problema de método implica en algunas ocasiones partir de algún a priori o de principios escogidos arbitrariamente: éstos, al no ser evidentes en sí mismos, requieren demostración, pero al excluir las primeras causas, deben hacerse saltos lógicos y otros artificios para mantener -al menos aparentemente- la coherencia. Un buen ejemplo de esto es San Agustín al relatar el motivo de su conversión a la fe cristiana. Afirma que le parecía que la doctrina católica mandaba creer con modestia y de ningún modo falazmente lo que no se demostraba, cuando las otras doctrinas prometían con arrogancia la ciencia, mientras que luego se obligaba a creer una infinidad de fábulas absurdísimas que no podían demostrar [7]. El gran problema de las ideologías es pretender la verdad excluyendo aquello que no sirve a sus fines, incurre en la hybris y luego, para encubrirla, deshonestidad. Pareciera que se cambia el papel mismo de la filosofía: de sabiduría y saber universal, se ha ido reduciendo progresivamente a una de las parcelas del saber humano -sin siquiera reconocer o aceptar esta degradación- y cual “razón instrumental” sirve ahora a los fines utilitaristas de los ideólogos y no a la verdad [8]. La filosofía recta siempre debe considerar cuál es su objeto formal y no desviarse del camino que le propone, pues estas causas primeras portan en sí mismas el rechazo a cualquier polarización exclusivista conducente al error, y el germen necesario de sinceridad intelectual, para enmendarse cuando es necesario.

Finalmente, expondré brevemente para introducir la tercera cuestión, cuál es el origen de las ideas. Extraemos nuestras ideas de nuestras sensaciones y de nuestras imágenes, de modo que ninguna cosa del objeto -en cuanto objeto de imagen o de sensación- pase a esas ideas. Así, las ideas permanecen en un plano superior al del objeto tomado en su individualidad -que es como lo conocemos a través de los sentidos- mediante una actividad de orden superior, que abstrae de los datos sensibles, “lo que la cosas es” al purificar los caracteres que constituyen la individualidad del objeto [9]. En resumen, nuestras ideas vienen de los sentidos (de las cosas mismas) mediante la actividad de una facultad espiritual, de orden superior, que rebasa los sentidos [10]. Al ser totalizantes, las ideologías reducen el espacio del hombre, lo delimitan exclusivamente a lo que la ideología propone, privándolo de mayores luces o fundamentos más esenciales y universales. El proceso del conocimiento es espiritual, por lo que requiere de esa dimensión elevada, superior, para poder darse. Las ideologías prescinden de esta dimensión, pues no es compatible con sus pretensiones holísticas, cerrando al hombre a tan esencial dimensión de su existencia y reduciendo el horizonte de la Verdad a alguna verdad parcial.


Rafael Fernández Concha

Colaborador de Cooperatores Veritatis

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[1] Puebla, 535.

[2] Pablo VI, Octogesima adveniens, 28.

[3] Ver Puebla, 536-537.

[4] Ver Jacques Maritain, Introducción a la filosofía, Club de Lectores, Buenos Aires 1967, pp. 82-86.

[5] Ver allí mismo, pp. 116-117.

[6] Ver Luis Fernando Figari, Aportes para una teología de la Reconciliación, Fondo Editorial, Lima 2000, pp. 133-145.

[7] Ver San Agustín, Confesiones, VI, 5, 7: CCL 27, 77-78.

[8] Ver Fides et Ratio, 47.

[9] Ver Jacques Maritain, ob. cit., pp. 144-147.

[10] Allí mismo, p. 149.